martes, 19 de noviembre de 2013

Sendero de esperanza. XXIII

Entréguense los hombres 
a lo que crea su frente 
con tanta libertad como esté permitida 
que yo viviré mi vida, 
triste o feliz, 
reverenciando 
la dignidad del corazón 
y el apremio de la libertad. 
Asoma el albor de mi cumbre, 
vislumbro tu amor, 
tierno obsequio de tu pecho, 
mientras mi alma se empieza a abrir 
a la belleza de mi especie. 
Mi juventud ha pasado 
sin otra ganancia 
que el tormento de la soledad; 
no son fáciles los hombres, 
la mezquindad los arrastra 
hasta el fango de la indignidad, 
la obcecación los hace 
sufrimiento para los demás; 
los hombres me fatigan 
con su sordera, 
no veneran los sentimientos,
como merece
su sagrada índole,
prefieren entregar al frío
sus desdichados espíritus. 
¡Qué hermosa es mi especie! 
¡Qué paraíso será este mundo 
cuando la humanidad comprenda 
que no hay más sendero 
que el de nuestro corazón! 
Asoma el albor de mi cumbre, 
vislumbro tu amor, 
tierno obsequio de tu pecho, 
mientras mi alma se empieza a abrir 
a la belleza de mi especie 
pero aún siento con amargura 
mil decepciones, mil heridas, 
mil muertes de la esperanza. 

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