martes, 19 de noviembre de 2013

Sendero de esperanza. XXII

Sabes que un amigo 
es ese ser que nos deslumbra 
con su resplandeciente dignidad, 
que nos llena de orgullo 
haber conquistado, 
que camina con nosotros 
a nuestra misma altura 
contagiándonos 
todo su inmenso valor; 
así siento yo a Susana 
y a Txaro y a Lluvia, 
Bea, Eya o María 
y también a José Antonio 
y alguno más. 
Sin amigos, viviría 
humillado y mohíno 
los días del mundo, 
maldeciría 
cada hora de mi tiempo, 
lloraría la fatalidad 
de llevarme a la sepultura 
el secreto de mis adentros; 
hablaría del tiempo 
con el vendedor de periódicos 
y de fútbol 
con la cajera del supermercado 
pero nadie conocería 
la luz de mis sueños, 
el pulso de mis ansias más hondas. 
He vivido muchos años 
sedimentando la soledad, 
nadie escuchaba mis pensamientos, 
excepto una pila 
de cuadernos emborronados; 
la desgracia de no hallar 
un alma en la que volcarme 
llenó de amargura y vergüenza 
mi espíritu atormentado; 
no quiero amigos colmados 
de sórdidos prejuicios, 
apegados a las cosas, 
esclavos de la lógica, 
no quiero que me encadenen 
como si les debiera la vida, 
esa vida que he llevado 
tantos años sin ayuda, 
tantos años abandonado. 
Susana, Txaro o Lluvia 
son almas tiernas 
que nunca me humillarían 
aunque en ello se jugaran 
un opulento Ferrari 
pero tú eres mi glorificación, 
eres signo de mi idoneidad, 
ennobleces los relieves de mi ser 
haciéndolos tu redención y tu esencia; 
por ti penetro en el mundo 
y el mundo me penetra; 
tú eres mi amistad más profunda, 
el final de mis tribulaciones, 
la plenitud en la cumbre, 
el ocaso eterno, 
mi destino de hombre. 

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