sábado, 16 de noviembre de 2013

Sendero de esperanza. XIII

Soy sanguinolenta carne 
arrancada de un vientre de mujer, 
no hay alivio 
para mi insatisfacción; 
soledad y vergüenza 
son mi inacabable tormento. 
¡Qué modesta llama habita 
la hondura de mi esencia! 
¡Qué pudor siento 
ante mi desnuda miseria! 
¡Qué pequeño soy, 
qué frágil, qué escaso! 
Jamás termina la sed 
de mi crudo desierto; 
nada calma mi humillación, 
la pobreza de mi aliento 
me agravia y martiriza. 
Si trajeras calor 
a mi desquiciada entraña 
con la mirada dulce 
de tu pecho de rosas, 
si tus luces disiparan 
la oscura mancha de mis adentros, 
podría perdonarme mi indignidad 
y, como lluvia sobre mi rostro, 
el consuelo me inundaría. 

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