jueves, 14 de noviembre de 2013

Sendero de esperanza. IX

¡Qué desnudo está el hombre! 
¡Qué vacías tiene las manos! 
¡Qué corta es su vida, 
qué inestable su fortuna! 
¡Qué vaporosa es su felicidad! 
Se desvanece 
cuando intenta asirla. 
El hombre no es dueño de nada, 
su patria es la esperanza, 
su capital, la ilusión. 
El corazón le impulsa 
tras seductores sueños 
que nunca acaba de alcanzar. 
Nunca termina la lucha 
a que le obliga el deseo, 
trafica con el viento, 
atrapa humo y niebla. 
El hombre que añore ser dueño 
de un sólido patrimonio 
¿qué otra riqueza puede acopiar 
sino el calor del afecto 
en el cofre de su pecho? 
Nada podrá arrebatarle 
su voluntad de amar 
y, con tan gran hacienda 
en el baúl de sus venas, 
mil veces cada día 
vislumbrará el amanecer. 

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