domingo, 10 de noviembre de 2013

Sendero de esperanza. III

El tiempo gris 
en que permanecen ausentes 
las almas que adoro, 
hurtándome su caricia, 
su abrazo, 
es prolijo como la mar, 
brumoso y sin brillo; 
el mundo es sórdido sin su mirada, 
sin la llama de su afecto 
caldeando mi corazón; 
cuando añoro sus nombres 
en el regazo frío de las horas, 
la brisa helada de la soledad 
me traspasa las entrañas 
y todo el crudo dolor de existir, 
de ser, de deber tributo a la muerte, 
da aflicción a mi pecho. 

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