domingo, 10 de noviembre de 2013

Sendero de esperanza. II

¿Habrá un trabajo más duro 
que querer? 
Entregamos todo el ser 
a las flores que queremos 
y, si alguna vez se van, 
se nos desgarra la entraña.
El corazón se llaga 
y palpita desesperado 
por el amigo que se ama. 
Nuestro pecho se incendia 
con la dulzura del otro 
y, anhelando su cercanía, 
su afecto, su abrazo 
se nos turba toda la hondura.
Una desazón constante 
nos inquieta el alma; 
tememos que nuestro norte 
nos abandone, 
que se enoje, que no nos quiera, 
que enferme, que corra peligro, 
que se ponga triste, que sufra, 
que no le guste 
lo que le regalamos. 
¡Qué duro es querer, 
qué asperezas tiene 
el sendero del afecto! 
¡Qué cosa más ingrata, 
la felicidad! 

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