viernes, 15 de noviembre de 2013

Memoria prodigiosa

A Lluvia

Aunque a los amigos 
se les quiere con sencillez, 
no por sus méritos más inteligibles 
sino por la llama oculta 
que les arde dentro, 
que ningún otro ser 
podría poseer, 
te puedo asegurar 
que presumo, con derecho, de ser 
un portento de la memoria. 
Aún recuerdo lo que almorcé 
hace veintiséis años 
el día que me hicieron ver 
unos amigos 
que, si comía en su casa, 
sería porque yo mismo me invitaba 
y no como a otro amigo 
que tenía invitación formal. 
Volví a mi piso de estudiantes 
muy dolido y desconsolado 
y, en la intimidad de mi habitación, 
sobre la mesa en que estudiaba, 
me embuché una lata 
de ensalada de atún y hortalizas, 
triste pero honrado festín 
grabado, como otras infinitas desdichas, 
en mi maravillosa frente. 

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