martes, 26 de noviembre de 2013

Cimas del Paraíso. XIII

No es por obediencia a un reglamento 
que tus labios sonrían 
como una aurora, 
ni que el rubor de tus mejillas 
haga de ellas llanuras 
sembradas de amapolas, 
ni que tus ojos semejen 
dos lagos dormidos 
donde refleja un lucero, 
joya del atardecer; 
no es por obediencia a un reglamento 
que seas un ángel 
lleno de inocente alegría 
que reparte a manos llenas 
su cándida ternura, 
una delicada flor cuyo perfume 
despierta una apacible suspensión, 
un altivo pájaro de aire 
que nunca abandona 
su pasión por el viento y las nubes; 
no es por obediencia a un reglamento 
que mi corazón se vuelque en ti, 
fascinado por tanta belleza, 
que tus manos me hayan liberado, 
que des vida a mi aliento 
y calor a mi sangre, 
fuerza a mis miembros 
y esperanza a mi pecho, 
que te ame tanto que me parezcas 
honda raíz de mi ser; 
no es por obediencia a un reglamento 
que se abran las flores, 
que canten las golondrinas, 
que estalle el amanecer, 
no hay reglamentos para la vida, 
la vida es realidad, 
no quiero reglamentos para mi tristeza, 
mi furia, mi nostalgia, mi amor o mi alegría, 
no quiero crueles frenos 
para mis ardientes ansias de ser. 

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