sábado, 17 de agosto de 2013

Una razón para no quererme

Amada y dulce niña, 
cuantos poemas te he compuesto, 
con lo mejor de mi inspiración, 
te hablaban dando razones 
para que me dieras tu corazón. 
Pero estarás seguro agobiada 
con la pesada carga 
de tantos motivos para quererme; 
para soltarte un poquito 
y dejar que respires, 
te diré ahora, en su lugar, 
por qué no tienes que amarme, 
por qué tienes que buscarte 
otro poeta que se case contigo, 
por qué no soy lo que a ti, 
niña dulce, te conviene. 
Pues bien, niñita mía, 
yo no te convengo 
porque, cuando me encuentre contigo, 
te voy a dar tantos besitos 
y tan seguidos 
en tu carita preciosa 
que te voy a quitar el aliento 
y, aunque, asfixiada, me pidas 
que deje de besarte tanto, 
no podré, 
te seguiré besando, 
hasta que los besos sean 
cuarenta y nueve mil 
ochocientos noventa y siete. 
¿Imaginas 
un primer encuentro más desagradable? 
No me quieras, niña pequeña, 
porque así es como te recibiré. 

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