sábado, 27 de abril de 2013

El castigo al tonto más gris

El dolor de estos días, amiga, 
perturba mis facultades; 
apenas mi frente consigue 
hilvanar con coherencia mis argumentos; 
yo no sé si este poema sin artificio, 
tosco, llano y sin música, 
pasará alguna vez ante tus ojos 
pero lo escribo con la desesperación 
de quien esboza sus últimas razones 
para no sufrir una espantosa condena. 
Yo sé de tu bondad, amada niña, 
sé que no hay un pecho, en este mundo, 
con la sencillez del tuyo, 
sé que quieres solo mi bien 
a pesar de que deseas dejarme, 
sé que tu propósito se basa 
en motivos de mucho peso, 
sé que tu misma humildad 
te hace ignorar 
la extrema importancia que tienes para mí. 
Te he fallado demasiadas veces, 
y te lo digo así de llano, 
en este poema sin adorno, 
desprovisto de artificio; 
no he sabido cuidar lo que más amo, 
que eres tú, niña mía; 
Te he vuelto a fallar en mi inconsciencia, 
causándote el más terrible daño, 
y eso es ya tan doloroso 
que bastaría para que hoy no fuera feliz. 
Te quieres marchar, 
pese a que me aprecias y respetas, 
pese a que tu alma de niña es bondadosa 
y te duele hondamente causarme daño; 
te quieres ir porque crees que es 
lo más coherente, 
la decisión inevitable, irrevocable, 
que requiere este incidente; 
debes protegerte de mí, 
que te he hecho 
las más terribles acusaciones, 
como si tu preciosa persona 
fuera capaz de albergar 
la más mínima sombra de maldad. 
Pero yo no quiero que te vayas. 
No puedo acusarte de ser injusta conmigo; 
si te marcharas, sería una honesta decisión, 
cargada de buen juicio, 
porque te he fallado demasiadas veces 
y eso demuestra que no soy 
lo que merecería tu preciosa persona, 
entregada solo al bien 
y a la justicia en la Tierra; 
sin embargo, sí tengo que decirte 
que mi felicidad eres tú, 
que mi bien depende de ti, 
que, si te marcharas, 
con ese dolor inmenso que, seguramente, sentirás 
por abandonar a quien has querido, 
el dolor me abatiría y ya nunca 
conocería la felicidad en el mundo, 
ya nunca 
mi corazón albergaría esperanza alguna, 
ya nunca amanecería para mí. 
Si te marcharas, 
abandonarías a alguien que te ama de verdad, 
sin reserva alguna, 
con un amor puro y generoso, 
que, si te ha hecho tanto daño, 
si ha dudado de ti, 
si te ha agraviado con su boca inconsciente, 
solo ha sido en un momento de ofuscación, 
en brazos de la necedad más gris, 
porque, querida niña mía, 
solo puede dudar de tu honestidad 
el más tremendo de los tontos. 

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