lunes, 25 de marzo de 2013

Indignación

Dulce Isabela, tendrás 
cada día un poema 
de mis enamoradas manos 
porque lo que, en ti, poseo 
es valioso como la luz 
que el día trae a mis ojos 
y he de cultivar tu afecto 
para no perderte jamás. 
A mi, por contra, se me tiene en poco... 
Soy un escritor que no puede 
desnudar los corazones 
y hacerlos, de pasión, arder, 
conmover los pechos 
y, a la esperanza, abrir el camino. 
Si yo supiera lograrlo, 
¿acaso no habría un alma 
que me escribiera un poema 
cada día de su vida 
o, cuando menos, mis libros 
diera, por fin, en comprar? 
Fui un mal agricultor que amaba 
los libros más que la azada, 
mas lo que soy ahora 
es una voz que suena 
como el pito del sereno 
o como quien oye llover. 
¿Cuándo despertarán las conciencias 
de su letargo satisfecho, Isabela? 
¿Cuanto más ha de humillarse 
la dignidad de los hombres 
para que se escuche mi boca 
que escupe al cinismo con desprecio? 

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